miércoles, 27 de agosto de 2008

Mi tristeza es como un rosal florido

Mi tristeza es como un rosal florido.
Si helado cierzo o ráfaga ardorosa
lo sacuden, el pétalo caído se trueca en savia y se convierte en rosa…
Mi tristeza es como un rosal florido.

En mi dulce penumbra sin ruido,
la propia vida con mi llanto riego,
y las horas dolientes que he vivido,
impregnan de perfume mi sosiego…
Mi tristeza es como un rosal florido.

Tú que colgaste en mi dolor tu nido,
sabes que a cada mal brota una yema
y revienta un botón a cada olvido.
¡Perenne floración y eterno emblema!
Mi tristeza es como un rosal florido.





Enrique González Martínez

Madrigal de la muerte

Tu no fuiste una flor, porque tu cuerpo era
todas las flores juntas en una primavera.
Rojo y fresco clavel fueron tus labios rojos,
azules nomeolvides aquellos claros ojos,
y con venas y tez de lirio y de azucena
aquella frente pura, aquella frente buena
y, cómo respondía a todo ruborosa,
tomaron sus mejillas el color de rosa.
Hoy, que bajo el ciprés cercano de laureles
rosas y nomeolvides, y lirios y claveles
brotando de la tierra confunden tus colores,
parece que tu cuerpo nos lo devuelve en flores.



Francisco A. de Icaza

Goza con lo que tienes


Para mi corazón

Para mi corazón basta tu pecho,
para tu libertad bastan mis alas.
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.

Es en ti la ilusión de cada día.
Llegas como el rocío a las corolas.
Socavas el horizonte con tu ausencia.
Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna.
Y entristeces de pronto, como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.
Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
Yo desperté y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.


Pablo Neruda

Escrito con tinta verde

La tinta verde crea jardines, selvas, prados,
follaje donde cantan las letras,
palabras que son árboles,
frases que son verdes constelaciones.

Deja que mis palabras, oh blanca,
desciendan
y te cubran como una lluvia de hojas a un
campo de nieve, como la yedra a la estatua,
como la tinta a esta página.

Brazos, cintura, cuello, senos,
la frente pura como el mar,
la nuca de bosque en otoño,
los dientes que muerden una brizna de yerba.

Tu cuerpo se constela de signos verdes
como el cuerpo del árbol de renuevos.
No te importe tanta pequeña cicatriz luminosa:
mira el cielo y su verde tatuaje de estrellas.




Octavio Paz

El reloj marca las 8:15 (Ciencia ficción)


Fernando Briseño Martínez






Ilustraciones Luis Montiel




Ocho y cuarto. Belisario va de camino al trabajo, como siempre a esa hora. La vida no es fácil para él: siempre son tres horas de camino y, por si fuera poco, en transporte público. Los malos olores, la gente descortés, la aglomeración, el ruido. Pero lo peor son las tres horas que hay que soportar todo eso. Así, con los años, poco a poco va mermando su casi inquebrantable paciencia. Sin embargo, últimamente ha tenido razones más que suficientes para aprender a tener paciencia.

Si pudiéramos verlo notaríamos que va incómodo, algo inclinado, aferrándose al tubo más cercano con una mano tensa y con la otra sujetando los folios de un largo texto. “La novela más maravillosa jamás escrita”, dirían algunos. “Destinada a ser un clásico”, dirían otros. Y sí: desde las aventuras de Odiseo, pocos relatos han sido capaces de inflamar los corazones de los lectores con peripecias, vueltas del destino y sufrimiento del héroe hasta esta novela, manuscrita apenas, pero definitivamente aprobada para su impresión y comercialización, o eso dice la carta que lleva Belisario en el bolsillo.

Un antebrazo—ya con algunas manchas—y la piel floja de quien tiene más experiencia que voluntad, nos deja ver un reloj fino, bañado en oro, con manecillas azules, que dicen exactamente lo mismo que el reloj digital que está suspendido en la pared: ocho y cuarto. Él va con la boca cerrada, en un silencio propio de quienes viajan solos en el transporte. Pero hay algo anormal en el silencio.



Una gabardina lo cubre casi totalmente, dejándonos ver sólo un par de zapatos bien boleados y unos calcetines viejos, elegidos de esa manera tal vez por la prisa de llegar al trabajo, o por la alegría que le provocó aquella carta de su editor que podría apreciarse en el bolsillo de su gabardina. Ocho y cuarto. Los bordes de los pantalones también se dejan ver, bien planchados. Un cómico y anacrónico sombrero lo corona, y nos sugiere que no es del mismo lugar que nosotros, además de evitar que nos contagiemos de la solemnidad que nos habría transmitido el glacial silencio de su propietario de no haber llevado éste tan chusco sombrero.

Un semblante que refleja dureza, una mirada con un dejo de sorpresa…una pipa que se tambalea en los labios, a punto de caerse, todavía con las sobras de tabaco que pacientemente colocó la noche anterior. Sus mejillas se ven limpias, resultado de un rasurado perfecto, pero su pelo algo encanecido parece volar un poco, como si el viento lo moviera. Ocho y cuarto.

¿En qué piensa? En este instante es incapaz de creer que sucede lo que vive, aunque tiene muy en cuenta dos elementos: la luz roja, el hecho de que son las ocho y cuarto, con veinticinco centésimas de segundo, para ser exactos. Él está en un cuarto de piso pulido y con trama de soles, astronaves y estrellas, una lámpara que emite una pálida luz verde (le recuerda su casa de niño, siempre estaba llena de plantas). La ventana está cerrada y oculta detrás de una cortina de metal brillante. Lástima, por esta zona hay una bonita vista.

Las personas que comparten el transporte con él también tienen posturas incómodas y la sorpresa es el denominador común en sus expresiones. Algunos miran hacia arriba, otros hacia la ventana que no deja ver nada y tal vez por eso no es una ventana, pero uno ya lleva una lágrima en la mejilla. Todos en silencio. Todos preocupados.


Además de la lámpara, el reloj y el foco rojo, hay algo que brilla cerca de él. Es una pantalla que muestra la imagen de la Vía Láctea y una línea atravesándola. También tiene algo que parece una señal de emergencia. Quizás por eso están preocupados todos los pasajeros.

Aunque tal vez la preocupación verdadera de Belisario es que está a veinte centímetros del suelo, lo que significa que ha habido una falla en la gravedad artificial de su nave tras el último salto antes de llegar al planeta donde él trabaja...y es posible que le preocupe aún más el hecho de que ese reloj diga que son las ocho y cuarto. Las ocho y cuarto del 6 de diciembre de 2170.

Que el reloj indique la hora de un día a siglos de distancia de nosotros no es el problema, pero sí lo es que haya marcado la misma durante los últimos millones de años. O que él lleve el mismo tiempo cayendo al suelo. Ahora comprendemos su soledad cósmica: millones de años han pasado desde que murieron sus familiares, millones desde que desapareció la humanidad, desde que nuestro Sol consumió su hidrógeno. Incluso desde que existió una conciencia en el universo. Tan alejado de todo, incluso del tiempo. Un instante dura toda la eternidad.

Ahora sabemos que lo preocupante, lo pavorosamente perturbador, es que lo que hay detrás de esa ventana es algo que ningún ser humano podría presenciar, pues nos es vedado ver el indescriptible paisaje de un hoyo negro.

Si pudiéramos estar ahí, contemplándolos, nos preguntaríamos si son conscientes de todo el tiempo que ha pasado, si se han vuelto locos por esto, o si lograron resignarse a contemplar la misma cabina desde la misma posición mientras la historia se convertía en verdaderamente universal, se formaban y caían imperios galácticos y las corrientes de la historia se avivaban, avanzaban, retrocedían, pero, como todo, al final del tiempo. O tal vez apenas han pasado dos segundos para Belisario y los otros.

Briseño Martínez Fernando. “El reloj marca las 8:15”. Revista ¿Cómo ves?, año 8, no. 85, diciembre 2005, pp. 32-33.

NOTA: Cuento ganador del concurso “Cuentos de Ciencia Ficción, Año Internacional de la Física 2005” en la categoría de jóvenes escritores. Este concurso fue organizado por la UNAM.

lunes, 18 de agosto de 2008

Como agua para chocolate

Título: Como agua para chocolate
Autor: Laura Esquivel
Año: 1990
Editorial: Planeta Mexicana
País: México
Páginas: 244

Resumen: Con la singular frase escrita en la primera página: “A la mesa y a la cama solo una vez se llama” empieza a narrarse la pasión que puede provocar la combinación de la comida con el amor; aquí se aplica perfecto también la frase: “Al hombre se le conquista por el estomago”.

Fragmento favorito: A pesar del tiempo transcurrido, ella podía recordar perfectamente los sonidos, los olores, el roce de su vestido nuevo sobre el piso recién encerado; la mirada de Pedro sobre sus hombros… ¡Esa mirada! Ella caminaba hacia la mesa llevando una charola con dulces de yemas de huevo cuando la sintió, ardiente, quemándole la piel. Giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Pedro. En ese momento comprendió perfectamente lo que debe sentir la masa de un buñuelo al entrar en contacto con el aceite hirviendo. Era tan real la sensación de calor que invadía todo su cuerpo que ante el temor de que, como a un buñuelo, le empezaran a brotar burbujas por todo el cuerpo—la cara, el vientre, el corazón, los senos—Tita no pudo sostenerle esa mirada y bajando la vista cruzó rápidamente el salón hasta el extremo opuesto…

Comentario: Quienes ya vieron la adaptación al cine de esta obra, notaron que es casi idéntica al texto del libro, no se perdió ni un pequeño detalle que le restara “sabor” a esta bella historia de amor, y es que la misma autora de la novela fue la encargada de adaptar el guión de su propia obra. Es una novela cursi para muchos y subliminal para otros.